viernes, 7 de diciembre de 2012

Retazos de Infancia

 Hace pocos días, vino a comer mi hermano Paco con su hijo, Paco 2. En nuestra casa siempre ha habido la costumbre de hablar en la mesa, incluso en aquellos años en que se decía que, en la casa de un militar la vida era de una rectitud tremenda y que era de mala educación hablar mientras se comía.
 La mala educación era y es hablar con la boca llena, no hablar.
 Yo no se lo que pasaba en otras casas de militares, se lo que pasaba en la mía y, en la mía, llevábamos una vida austera, porque el sueldo de militar, en contra de lo que pensaba mucha gente, no daba para mucho y menos cuando en la casa había cuatro hijos. Mi padre tenía que dar clases particulares de matemáticas y mi madre, en épocas, vendía tupperware, en lo que era muy buena.
 Recuerdo a mi padre trabajando siempre, a todas horas. Volvía del Gobierno Militar, comía, empezaba a dar clases a las cuatro de la tarde y terminaba a las diez, cenaba y se metía en su despacho a estudiar. Así un día tras otro, un año tras otro. 
 Mi casa era una casa alegre. Mi madre tenía la buena costumbre de poner música desde primera hora de la mañana, siempre había música en la casa, si no era la suya, era la nuestra. Se fomentaba el gusto por todas las artes, por la poesía (mi padre recitaba muy bien), por la literatura, por la pintura. Si, mi casa era una casa alegre.
 Le contábamos a mi sobrino las cosas que hacíamos, como viajábamos, cantando todos a voz en grito... durmiendo a ratos para al despertar encontrarnos cerca del destino. Nos fijábamos en todo lo que ocurría a nuestro alrededor y cómo un viaje a Cuenca, comiendo en un bosque junto a un arroyo, se podía convertir en una gran aventura.
 La forma en que planeaba mi padre los viajes era así: Estábamos comiendo y nos dijo: si en media hora tenéis el equipaje hecho, nos vamos a Sevilla. No tardamos ni quince minutos. 
 No era un viaje como en estos días; no había autovía y, se tardaba unas doce horas en llegar. Daba lo mismo, era estupendo salir, no importaba donde fuera y lo que tardáramos, sabíamos que lo pasaríamos estupendamente.
 Sevilla olía a azahar y brillaba de color. Paseábamos por sus calles, comíamos pescaíto frito en cucuruchos de papel de estraza, visitábamos la Giralda y los Reales Alcázares, caminábamos tranquilos por el Parque de Maria Luisa y dormíamos en una pensión en la que mi padre estuvo mientras hacía Estado Mayor.
 Nuestra infancia fue una buena infancia. No necesitábamos ropa de marca, mi madre nos la compraba en el mercadillo, tampoco llevábamos dinero encima, nos daban un duro de paga a la semana y solíamos guardar gran parte para regalos de cumpleaños, aniversarios etc. Organizábamos funciones de teatro y hacíamos festivales para celebrar el aniversario de boda de mis padres. Esperábamos las vacaciones porque llegaban los primos y podíamos subir a la Atalaya a investigar por las ruinas del castillo o meternos en el coche los ocho más mi madre para ir a la playa.
 Miraba a mi sobrino mientras hablábamos y veía en sus ojos asombro, como si le resultase extraño que hubiéramos sido niños y hubiéramos hecho trastadas pero también veía ilusión y diversión porque tenemos muchas historias y porque aquellas sensaciones de entonces podemos transmitírselas con el mismo entusiasmo con que las vivimos.

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