Hubo un tiempo en mi vida... grandioso. Un tiempo de luz y profunda oscuridad. Un tiempo en el que los pies no tocaban el suelo, en el que lo más pequeño era lo más grande y lo grande, extraordinario.
Más o menos a la mitad de mi vida, que nuca fue simple ni común; salía del hospital de que me pusieran una inyección para quitarme el dolor de una contractura de espalda y me crucé con su mirada.
¿Como reconoce el alma a quien conoció en otro momento, en otra vida? ¿como sabe que esa es la persona que amó y que, sin esperarla, vuelve de nuevo a ti como dos polos opuestos de un imán a continuar algo que, tal vez, no pudo terminarse?
Mi vida dio un vuelco.
Había tenido otras relaciones, había convivido con otras personas e incluso había pensado que había estado enamorada pero llega la vida y, como si te diera un gran bofetón, te despierta. Amor... ¿que era aquello que despertaba en mi la necesidad de darme entera, de desear su felicidad más que la mía, de proteger nuestro entorno sin cerrar ninguna puerta? ¿como al amar la habitación se convertía en un cielo cuajado de estrellas en la que no existían ni los muebles ni las paredes ni los techos que nos cobijaban? y ¿como, al descansar de ese amor, nuestros cuerpos abrazados necesitaban fundirse hasta ser una sola alma?.
Vivía repleta de sentimientos audaces y hermosos. Mi cuerpo se ensanchaba con cada respiración del aire que compartíamos.
Pero todo termina y, aquello terminó pero, no dejó un vacío, no creó un abismo que impidiera sentir amor. No ese amor físico sino ese amor seguro, que siempre se mantiene firme en tu interior y en el suyo, ese amor inmenso que trasciende todo.
Comprendí que era la primera vez que había estado enamorada y, también, que después de aquello, jamás podría volver a sentir nada parecido.
Estoy agradecida a la vida que me permitió sentir tanto y tan bonito y, sobre todo, que a raíz de tal amor, aprendí a amar más generosamente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Déjame tu opinión, por favor.