miércoles, 13 de febrero de 2013

Mi madre


Desde hacía mucho tiempo, tenía ganas de escribir sobre mi madre. Es como una asignatura pendiente que tengo la necesidad de aprobar antes de que ella no esté entre nosotros. Así que los que leéis el blog, me tendréis que perdonar por escribir sobre algo que, lo más probable, no os interese lo más mínimo.
La relación con mi madre no ha sido fácil. Desde que puedo recordar he tenido un sentimiento hacia ella de amor/odio; seguramente debido a una falta de comprensión por mi parte, a haber sido muy estricta en todo, a no profundizar en los por qués de sus actos y a juzgar sin demasiado criterio.
Ser capaz, con los años y lo que va enseñando la vida, de darme cuenta de que yo no era perfecta, que lo que no es capaz de doblarse termina por romperse y de que mirando con más atención puedes comprender muchas cosas y, sobre todo, aprender a respetar a los demás, me ha ayudado a quererla ahora con un amor que no puede echar nada en cara, que no juzga, que olvida aquello que en su día dolió; es decir, a quererla de verdad.
Mi madre es una mujer mayor que, en su día, fue espectacularmente guapa, elegante y que llamaba la atención por donde iba. Hoy, para mi, sigue siendo guapa y elegante, aunque ya rara vez se arregle; pero es elegante ella, su ser, su manera de tratar a la gente. Ella siempre fue consciente de ello y sabía como sacar partido con su poder de seducción. Hoy, lo que más me importa, lo único que me importa, en realidad, es que es una mujer buena, que adora a sus hijos, que ha sido capaz de perdonarnos todo lo que hemos hecho mal.
Todas aquellas cosas que nos enfrentaban han dejado de existir.
Cuando mi hermana y mi padre murieron y yo decidí irme a vivir con ella, no sabía que aquello iba a suponer el conocimiento y reconocimiento a mi madre. Es como si todo lo que pasa, pasara por algún motivo especial. Hoy se que ese motivo es que las dos necesitábamos estar juntas, conocernos, hablar, comprendernos. Necesitábamos compartir un espacio que no compartíamos desde que yo tenía dieciocho años y, sobre todo, vivir juntas y salir adelante del dolor de la pérdida.
Con cuarenta y nueve años ha sido cuando he empezado a conocerla de verdad y, en estos casi cinco años que llevamos juntas he descubierto a una mujer capaz de comprender, capaz de reestructurar su mente y empezar a ser una persona con su propio criterio, una mujer entregada y generosa y sobre todo con un corazón lleno de amor.
Hemos aprendido a respetarnos mutuamente, a llevar una convivencia fácil y cómoda y cuando surgen problemas, siempre ajenos a nosotras, hemos aprendido a hablar con calma.
Estos años con mi madre están siendo para mi un regalo. Algo que siempre quise y no supe tener. Disfruto de su compañía, de sus atenciones hacia mi, que son muchas, hasta cuando discutimos por tonterías como si ves este programa de televisión o el otro, disfruto de ella. Disfruto de su cariño, de poder darle el mío, de decirnos “te quiero”, cosa totalmente imposible antaño porque yo mantenía las distancias; de viajar juntas, de salir algún día que otro a comer fuera y tomarnos un vino juntas.
Yo he encontrado a mi madre y mi madre a reencontrado a la hija pródiga.
Quiero a mi madre, la quiero mucho. Ella lo sabe porque lo mismo que antes no soportaba su presencia y ella lo sabía, ahora tenía que saber que la quiero, que la respeto, que la necesito y que me siento muy orgullosa de ser su hija.

2 comentarios:

  1. Precioso Sole. Como siempre se dice, nunca es tarde y madre no hay más que una. ¡Un beso! Bea.

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