Desde
hacía mucho tiempo, tenía ganas de escribir sobre mi madre. Es
como una asignatura pendiente que tengo la necesidad de aprobar antes
de que ella no esté entre nosotros. Así que los que leéis el blog,
me tendréis que perdonar por escribir sobre algo que, lo más
probable, no os interese lo más mínimo.
La
relación con mi madre no ha sido fácil. Desde que puedo recordar he
tenido un sentimiento hacia ella de amor/odio; seguramente debido a
una falta de comprensión por mi parte, a haber sido muy estricta en
todo, a no profundizar en los por qués de sus actos y a juzgar sin
demasiado criterio.
Ser
capaz, con los años y lo que va enseñando la vida, de darme cuenta
de que yo no era perfecta, que lo que no es capaz de doblarse termina
por romperse y de que mirando con más atención puedes comprender
muchas cosas y, sobre todo, aprender a respetar a los demás, me ha
ayudado a quererla ahora con un amor que no puede echar nada en cara,
que no juzga, que olvida aquello que en su día dolió; es decir, a
quererla de verdad.
Mi
madre es una mujer mayor que, en su día, fue espectacularmente
guapa, elegante y que llamaba la atención por donde iba. Hoy, para
mi, sigue siendo guapa y elegante, aunque ya rara vez se arregle;
pero es elegante ella, su ser, su manera de tratar a la gente. Ella
siempre fue consciente de ello y sabía como sacar partido con su
poder de seducción. Hoy, lo que más me importa, lo único que me
importa, en realidad, es que es una mujer buena, que adora a sus
hijos, que ha sido capaz de perdonarnos todo lo que hemos hecho mal.
Todas
aquellas cosas que nos enfrentaban han dejado de existir.
Cuando
mi hermana y mi padre murieron y yo decidí irme a vivir con ella, no
sabía que aquello iba a suponer el conocimiento y reconocimiento a
mi madre. Es como si todo lo que pasa, pasara por algún motivo
especial. Hoy se que ese motivo es que las dos necesitábamos estar
juntas, conocernos, hablar, comprendernos. Necesitábamos compartir
un espacio que no compartíamos desde que yo tenía dieciocho años
y, sobre todo, vivir juntas y salir adelante del dolor de la pérdida.
Con
cuarenta y nueve años ha sido cuando he empezado a conocerla de
verdad y, en estos casi cinco años que llevamos juntas he
descubierto a una mujer capaz de comprender, capaz de reestructurar
su mente y empezar a ser una persona con su propio criterio, una
mujer entregada y generosa y sobre todo con un corazón lleno de
amor.
Hemos
aprendido a respetarnos mutuamente, a llevar una convivencia fácil y
cómoda y cuando surgen problemas, siempre ajenos a nosotras, hemos
aprendido a hablar con calma.
Estos
años con mi madre están siendo para mi un regalo. Algo que siempre
quise y no supe tener. Disfruto de su compañía, de sus atenciones
hacia mi, que son muchas, hasta cuando discutimos por tonterías como
si ves este programa de televisión o el otro, disfruto de ella.
Disfruto de su cariño, de poder darle el mío, de decirnos “te
quiero”, cosa totalmente imposible antaño porque yo mantenía las
distancias; de viajar juntas, de salir algún día que otro a comer
fuera y tomarnos un vino juntas.
Yo
he encontrado a mi madre y mi madre a reencontrado a la hija pródiga.
Quiero
a mi madre, la quiero mucho. Ella lo sabe porque lo mismo que antes
no soportaba su presencia y ella lo sabía, ahora tenía que saber
que la quiero, que la respeto, que la necesito y que me siento muy
orgullosa de ser su hija.
Precioso Sole. Como siempre se dice, nunca es tarde y madre no hay más que una. ¡Un beso! Bea.
ResponderEliminarGracias, Bea. Un beso!!
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