Hoy
iba por la calle, casi corriendo para llegar a tiempo a una farmacia,
cuando he pasado por la puerta de un comedor social. No era de
Cáritas; era un comedor montado en un local bastante cochambroso;
imagino que algo alquilado para poder realizar las tareas que
conlleva un trabajo como ese, en el que no se gana un duro y, en el
que, probablemente, alguna alma buena, cobra poco por el alquiler.
La
cola era bastante larga, había personas de todos los colores y
clases sociales, alguno de ellos con un carrito de la compra en el
que, lo más seguro, llevaba un tupper para poder recoger algo de
comida para alimentar a hijos o abuelos o ambos.
Cuando
volvía de la farmacia, ya más relajada y sin tener que ir a ningún
otro sitio, ya no había nadie en la puerta. Como soy curiosa, he
querido saber de que manera se las agenciaba la gente que alimentaba
al prójimo y, con un poco de apuro, me he atrevido a entrar.
La
gente comía en mesas largas, en platos tipo duralex de aquellos que
usaban nuestros abuelos y un señor, se ha acercado rápidamente a mi
a ver si necesitaba algo.
Me
he presentado y directamente le he preguntado por su labor de buenos
samaritanos. Me ha sonreído (y su sonrisa brillaba como un sol) y me
ha dicho que recogen de tiendas locales lo que no pueden vender y que
les quedó del día anterior, algún otro que da dinero, no mucho ya
que a nadie le sobra, pero suficiente para entre todos, poder hacer
un plato más o menos contundente que permita pasar el día sin tener
retortijones.
Le
he pedido disculpas por la interrupción y les he felicitado porque,
realmente creo que son ángeles de los pies a la cabeza.
Cuando
salía, he tenido sentimientos encontrados porque, por un lado,
sentía orgullo al comprobar cuanta gente buena hay en el mundo,
personas que utilizan su tiempo, poco o mucho, en ayudar a personas
que están peor que ellos. Por otro lado, sentía vergüenza por
tantas veces que me quejo de cosas que no son importantes y por otro
lado, sentía vergüenza y coraje al ver como un gobierno permite que
tantas personas estén en una situación tan miserable.
Siento
vergüenza ajena cuando los veo tan sonrientes por la televisión,
como si no pasara nada, hablando de recortar aquí y allá, de verlos
con su buena ropa, en sus buenos coches (nuestros buenos coches), sus
salarios multiplicados y su vergüenza intacta, sin estrenar.
En
situaciones extremas, como las que está pasando tanta gente, es un
orgullo y una bendición, comprobar que esa gentuza son una minoría
que se llena los bolsillos sólo de dinero y, que sin embargo hay
muchísimos más, que se los llenan de amor, de ternura, de
preocupación y ocupación por los demás.
Si,
hay ángeles en esta tierra y, estoy segura de que serán ellos los
que nos libren de esa mala ralea que nos gobierna.
Efectivamente, tenemos ángeles en la sociedad que se ocupan de ayudar a los menos afortunados, me parece muy acertado lo que comentas y nos da ánimo a los demás saberlo, que están en muchos sitios. Gracias por dedicar parte de tu tiempo a estimular a estas personas que merecen todo nuestro respeto y admiración.
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